La independencia de las colonias inglesas en América del Norte, originada en el siglo XVIII, representó un cambio profundo en la relación entre Europa y sus territorios ultramarinos. Los colonos de las trece colonias disfrutaban inicialmente de cierta autonomía bajo el dominio británico, pero el incremento de impuestos sin representación provocó un rechazo que desembocó en la proclamación de su independencia en 1776.
Entre las principales causas del conflicto estuvo la imposición de tributos como el impuesto al timbre y el sobre el té, que los colonos consideraron abusivos y violatorios de sus derechos. La resistencia se hizo visible con actos como el Boston Tea Party, un saqueo simbólico de té en el puerto de Boston. La negativa británica a anular estos impuestos llevó a una guerra que duró cerca de ocho años y culminó con la victoria de los independentistas apoyados por Francia y España.
La Constitución creada tras la independencia estableció un sistema republicano, con un presidente y un congreso electos, cimentando derechos como la libertad e igualdad. Este proceso marcó un precedente revolucionario, influyendo en movimientos posteriores en América, incluido el de México. En contraste, la independencia mexicana surgiría con mecanismos y contextos propios, pero también bajo la inspiración de ideales similares sobre autodeterminación y derechos civiles.
Este cambio histórico en Estados Unidos además sentó las bases para el cuestionamiento del orden colonial en el continente y alentó otras luchas independentistas al demostrar que era posible romper con las potencias europeas a través de la organización política y la resistencia armada.

