Las chanclas, ese calzado plano con una tira en forma de V para separar el dedo gordo del resto, no son una moda contemporánea sino un diseño que ha acompañado al ser humano durante milenios. Prácticas y frescas, estas sandalias han sido halladas en distintos rincones del mundo, evidenciando su uso desde tiempos remotos. En España, por ejemplo, se descubrieron chanclas de esparto en la cueva de Murciélagos de Abuñol, en Granada, que datan de entre 7,500 y 4,200 años antes de Cristo, constituyendo las más antiguas del sur de Europa.
Este tipo de calzado también apareció en otras culturas antiguas con materiales similares, como suelas de papiro trenzado y tiras de cuero en el Antiguo Egipto, o fibras de palmera en Tebas. En Mesopotamia, las chanclas aparecen representadas en relieves y estatuas, y modelos parecidos se conservan en tradiciones de India y Persia, lo que confirma su uso globalizado desde hace miles de años. Esta continuidad histórica muestra que las chanclas no solo sobrevivieron, sino que se adaptaron a diversas geografías y climas cálidos, donde su funcionalidad era clave.
Contrario a la imagen actual de un calzado informal y cotidiano, en las antiguas civilizaciones como Grecia y Mesopotamia, las chanclas eran un símbolo de estatus y elegancia. Su estructura, aunque sencilla, fue diseñada para mejorar la sujeción del pie y garantizar que no se deslizara al caminar, especialmente en terrenos irregulares. Por tanto, aunque se consideren calzado humilde hoy, entonces tenían un carácter elitista y práctico.
La permanencia del diseño básico, con su suela plana y tira en forma de V, ha trascendido siglos y continentes. Actualmente, las flip-flops japonesas zōri inspiraron la versión moderna que todos conocemos, mostrando cómo un objeto ancestral puede reinventarse sin perder su esencia.

