En México, los psicólogos se posicionan como la primera línea de atención en salud mental, atendiendo a un mayor número de personas que los psiquiatras. Sin embargo, enfrentan una menor regulación y respaldo institucional que, entre otros ejemplos, se traduce en que solo los psiquiatras pueden firmar certificados para mascotas de apoyo emocional aceptados por aerolíneas como Aeroméxico, a pesar de que los psicólogos elaboran la mayoría de estas evaluaciones a nivel internacional.

Al mismo tiempo, se ha detectado un incremento preocupante en el uso de terapias esotéricas -como el tarot, las cartas astrales y rituales de manifestación- que se promocionan en plataformas como TikTok como métodos para sanar la mente sin evidencia científica. Estas opciones atraen principalmente porque ofrecen respuestas rápidas y sin esfuerzo a problemas complejos que realmente requieren acompañamiento profesional.

Las razones detrás de la preferencia por estas prácticas no convencionales incluyen el estigma asociado a buscar ayuda psicológica, que aún se interpreta por muchos como un signo de debilidad o “locura”. Además, la desinformación generada por representaciones erróneas en medios populares contribuye a que la psicología sea vista con prejuicios, como si consistiera en “leer la mente” o en figuras distantes y poco humanas.

Las experiencias negativas previas con terapeutas también generan desconfianza, pues una mala sesión o una falta de vínculo efectivo con el profesional puede llevar al abandono del tratamiento en lugar de buscar otro especialista. Por último, el costo percibido de la terapia es un obstáculo notable, pese a que existen modalidades accesibles, tanto virtuales como presenciales, que se ajustan a diferentes presupuestos sin que se trate de negocios lucrativos a expensas de la salud de las personas.

Frente a estos desafíos, el sector psicológico propone estrategias concretas para superar cada barrera. En primer lugar, se busca normalizar la terapia como un acto de autocuidado y responsabilidad, desmontando la creencia de que acudir a consulta es signo de fragilidad. En segundo lugar, se promueve la educación clara sobre el trabajo del psicólogo, que incluye evaluaciones rigurosas, diagnósticos fundamentados en métodos científicos y una práctica avalada por cédula profesional.

También se recomienda a quienes han tenido malas experiencias no abandonar el proceso terapéutico, sino cambiar de profesional hasta encontrar uno adecuado. Finalmente, se destaca la existencia de opciones de atención asequibles para romper la idea de que la terapia es necesariamente cara o inaccesible.